Hermanos de la Sagrada Familia

PASCUA DEL H. JEREMÍAS CABRERIZO

El pasado 14 de enero de 2026 fallecía en Valladolid nuestro querido H. Jeremías Cabrerizo. Su vida ha sido un camino largo y fecundo, recorrido con sencillez, fidelidad y una entrega constante al servicio de la Congregación y de la misión educativa. Al recordarle, lo hacemos con gratitud y respeto por una vida vivida con hondura y discreción.

Jeremías nació en Fuencaliente del Burgo (Soria) el 7 de junio de 1936, en el seno de una familia sencilla. Hijo de don Pedro y doña Francisca, es el segundo de una gran familia de 8 hermanos. Desde joven sintió la llamada a un tipo de vida diferente, lo que le llevó a iniciar a los 13 años su proceso formativo en el aspirantado de La Horra en septiembre de 1949. Continuó su formación en La Aguilera, localidad cercana a La Horra, y el lugar donde los Hermanos tenían la casa de formación que acogió al joven Jeremías para culminar todo el proceso formativo. Allí fue donde en 1953 comenzó el postulantado y, posteriormente y en ese mismo año, su noviciado, culminando esta primera etapa vocacional con su Primera Profesión, el 11 de febrero de 1955 y, en unos años, su Profesión Perpetua el 16 de julio de 1960.

En relación con la formación académica, Jeremías se centró primero, como era costumbre, en los estudios de Magisterio en Madrid, los cuales terminó en agosto del año 1959. Su facilidad para los números, y su distinción en el estudio, le llevaron a obtener la licenciatura en Ciencias Matemáticas, disciplina que marcaría de manera significativa su posterior tarea educativa. Fue su simpatía y su hacerse querer la que le sirvió para ser un referente entre los profesores, especialmente en Madrid, donde desempeñó la mayor parte de su misión educativa.

El H. Jeremías estaba convencido de que la tiza y la pizarra no eran las únicas herramientas educativas, y que la presencia, el acompañamiento, la bondad o la palabra fuera del aula también educaban. Tanto es así, que muchos de los mensajes de cariño que hemos recibido en este día, reflejan no tanto su buen hacer en la docencia de las matemáticas sino su presencia y su aprecio como Hermano.

Y es que, tras su jubilación en Madrid, el H. Jeremías centró sus esfuerzos en el contacto con los antiguos alumnos del colegio de Madrid, donde se convirtió en un referente necesario para mantener unidas a tantas y tantas generaciones que han pasado por nuestro colegio. Recuerdo cuando en los últimos años en Madrid, me decía preocupado que se estaba olvidando de los apellidos de “sus” antiguos alumnos, algo que para él era un verdadero drama. Yo le consolé diciendo que no se preocupara, que eran los demás los que se acordaban de él.

De alguna forma, su formación fue siempre entendida como un medio para servir mejor a la Provincia. Quizá por eso, cuando sus fuerzas fueron menguando, su amor y devoción por María, le llevaron a convertir su habitación en un auténtico taller de fabricación de rosarios, regalando rosarios y decenarios a todos los Hermanos que por allí pasaban o, enviándolos a nuestras casas de formación en Ecuador, Colombia, la India y otros lugares del Instituto como Indonesia, Angola o Burkina.

A lo largo de su vida religiosa, el H. Jeremías desempeñó su misión en diversas comunidades y destinos, siendo Madrid el lugar donde más tiempo llevó a cabo su misión, incluso residiendo dos años con los Maristas mientras terminaba la licenciatura de Matemáticas. También pasó por Barcelona, donde estuvo destinado en distintas épocas, asumiendo, en 1978, el servicio de la administración en la comunidad de la Torre. Destacar, sin duda, su interés y rigor en la docencia, su sentido práctico y su fidelidad a las tareas encomendadas.

En su vida comunitaria, destacó por su carácter discreto, su constancia en el trabajo y su manera silenciosa de sostener la vida comunitaria. Siempre prefería la broma, el guiño o la simpatía al enfrentamiento o la discusión. No buscaba protagonismo; prefería el trabajo bien hecho, el cumplimiento fiel del deber diario y la estabilidad que da la perseverancia. Su aportación, muchas veces callada, fue siempre sólida y fiable.

Su familia siempre fue un referente muy presente en la vida de Jeremías. Cuando hablaba de ella, lo hacía con cariño, con respeto y con el sentimiento de formar parte de algo mucho más grande, y de lo que se sentía orgulloso. Un sentimiento que, con el paso del tiempo, no solo no disminuyó, sino que supo mantener vivo y presente.

Su última etapa en Valladolid la vivió con serenidad. Las continuas idas y venidas al Hospital y sus enfermedades le fueron debilitando, no tanto su carácter, pero sí su salud cada vez más precaria. Vaya desde aquí también nuestro recuerdo a los Hermanos de esta comunidad y al personal de enfermería por sus desvelos y sus cuidados.

Traemos aquí algunos testimonios:

El H. Fco Javier Hernando, Superior General, nos recordaba:

El Hermano Jeremías nos deja su testimonio de Hermano sencillo, atento, disponible, servicial y de espíritu comunitario. Siempre me llamó la atención su amor a la Congregación, su respeto con los Superiores, su juicio equilibrado que a veces le llevaba a manifestar verdades molestas, su atención a las necesidades concretas del otro, su ironía fina y su responsabilidad con todas sus obligaciones.

El Hermano nos deja en este mes en el que recordamos a la Sagrada Familia. La vida del Hermano Jeremías se reconoce fácilmente en los valores de la familia de Nazaret que recoge nuestro lema: oración, trabajo y amor. Un lema que él encarnó con hondura, constancia y dignidad. Fue Hermano de colegio, donde ejerció su labor con gran profesionalidad, y Hermano de comunidad, donde contribuyó a que la oración fuese el centro de la vida y las relaciones fraternas un verdadero motivo de alegría. Hoy ha pronunciado su sí definitivo y podrá vivir plenamente el espíritu de la familia de Nazaret en la familia Trinitaria.

Por su parte, el H. Juan Andrés Martos, desde Angola, recodaba lo siguiente:

Hoy al recordarte me vienen a la memoria algunos momentos de ocasiones compartidas en nuestra vida de Hermanos. Dejo para los redactores de tu biografía el relato prolijo de los hechos relevantes y edificadores que apreciábamos en tu vida comunitaria con el correr del tiempo. Por mi parte y a vuela pluma deseo referirme a dos escuetos rasgos de un fraterno boceto sobre el don de tu persona como Hermano de la Sagrada Familia. Uno humano-religioso y otro profesional, sin olvidar también un icono de tu personalidad que te definía instantáneamente y lo resumías en las tres primeras personas del presente de indicativo: “digo, repito y remacho”, como modo peculiar de tu manera de insistir, enfatizar y fortalecer argumentos, imagen que en nuestros dilatados encuentros y a solas yo gustaba traer a tu memoria.

En tu perfil humano-religioso valoro tu fidelidad a la vocación de religioso Hermano de la Sagrada Familia desde las claves del Hermano Gabriel y concretado según el caso en el cuidado de nuestra vida de oración, trabajo y amor. En esta fidelidad vocacional me atrevo a destacar tu devoción y confianza en el corazón de la Madre bajo la advocación de la Virgen del Pilar y quizás por eso ya de jubilado volviste a dar vida a aquella vieja costumbre entre los Hermanos de “confeccionar rosarios” que distribuías amicalmente y muchos de los cuales sigo entregando por estas tierras africanas. 

La obediencia o tus inclinaciones te ladearon preferentemente a las ciencias exactas dedicándote con perseverancia a los estudios en aquella residencia de la RUM. Al terminar fuiste para numerosas generaciones profesor de matemáticas, misión a la que te entregaste con profesionalidad, dedicación, seriedad y rigurosidad para que las aulas funcionasen. Soy testigo que con el correr de los años fuiste haciendo tuya la teoría de los tres “sanchos” que fueron convergiendo en progresivo escalafón conforme a la cronología histórica de el “fuerte, el bravo y del Ingenioso Hidalgo. Conforme pasaban los cursos lo fuiste asumiendo lo que te llevó a comprender mejor a los alumnos, a valorar su esfuerzo, a estrechar relaciones y a aligerar las juntas de evaluación.

Hoy, al evocar la figura de Jeremías, damos gracias por su vida entregada, por su servicio fiel y por el testimonio de un Hermano que supo vivir su vocación con sencillez, responsabilidad y amor a María y a la Congregación, confiando en que el Señor, a quien sirvió durante tantos años, le haya acogido ya en su descanso eterno.

Descanse en paz.

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