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MATERIAL 18-19

CONGREGACIÓN FSF

CON EL H. GABRIEL

BLOG SAFA-MISIÓN

CARUMANDA ONG

J.B. Metz emplea y aplica la expresión “peligroso recuerdo” al cristianismo y al misterio pascual que se introduce en la sociedad tecnológica y mercantilista para recordar lo esencial del hombre, su dimensión transcendente y para evocarle permanentemente hacia donde tiene que dirigir sus pasos.

 

Este recuerdo crítico y liberador se convierte en peligroso, dice él, porque hace aflorar las carencias humanas de la civilización, de los grupos, les hace enfrentarse a ellas y les recuerda y actualiza lo esencial y valioso de la persona. Pone en jaque sus pseudovalores, sus creencias, los pilares sobre los que se sostiene como el poder, el individualismo, el olvido del que sufre, las relaciones mercantilistas entre las personas… y amenaza, entonces las formas establecidas de pensamiento y organización.

 

Analógicamente creo que la vocación de Hermano, aun dentro de la incomprensión e ignorancia que hay sobre ella, al menos en algunos ambientes, es también un “recuerdo peligroso” para nuestra Iglesia y para nuestra sociedad y aun para nuestras comunidades porque destapa comportamientos y actitudes inauténticos y provoca e invita a pensar y vivir de otra manera.

 

¿Qué recordamos peligrosamente los Hermanos en los ambientes donde trabajamos y para las personas con las que cada día comparten nuestra vida, y nuestra misión? ¿Qué podemos revivir, desde nuestra identidad de Hermanos, en la memoria de la Iglesia y de la sociedad, que constituya un revulsivo a nivel de planteamientos y organización de vida? Señalemos solo algunos recuerdos “peligrosos”

 

Recordamos la igualdad fundamental entre los bautizados nacida de ser todos hijos de Dios, y hermanos unos de otros en Cristo. El Hermano, sin ser sacerdote, con el peligro que en ocasiones lleva consigo de poder y de casta, y destacar las relaciones verticales, recuerda una y otra vez la palabra de Jesús: “Todos vosotros sois hermanos” (Mt. 23, 8-9) El Hermano recuerda la identidad fundamental de los bautizados: Hijos de Dios y hermanos de los hombres. Una Iglesia con una espiritualidad de comunión reclama que haya miembros en la Iglesia y en la Vida Religiosa que por su vocación muestren de forma intensa esa igualdad radical de los Hijos de Dios; que sean “sacramento de la dimensión horizontal” que nos impide llamar a las personas “padre” o “maestro.” Y considerarnos superiores. Y ahí está el Hermano como testigo cualificado de la común dignidad de los miembros de la Iglesia, viviendo su consagración bautismal y religiosa.

 

Recordamos el valor del ministerio laical a las personas que trabajan con nosotros. El Hermano participa en la misión evangelizadora eclesial desde su ministerio de educador y catequista. Entendido todavía el trabajo de muchos laicos en la Iglesia y en la sociedad como una labor para el propio sustento, suplencia o mera colaboración, el religioso Hermano realizando su trabajo, su profesión, desde su consagración religiosa recuerda a los laicos el carácter salvífico de su actividad. La tarea que lleva a cabo cada día el laico no es una empresa sólo humana, sino que está motivada desde su consagración bautismal e impregnada de semilla de salvación. Y ahí está el Hermano recordando que “la construcción de la ciudad terrena debe tener su fundamento en el Señor” (LG 46). Hoy día la misión compartida entre Hermanos y laicos puede favorecer este cometido, pero también nos compromete y exige más para llevarlo a cabo.

 

Recordamos a los hombres el valor de la fraternidad, -para nosotros el don de la fraternidad- requisito para restablecer unas relaciones justas y dignas entre los hombres. Este es uno de los recuerdos más “peligrosos” que hacemos los Hermanos a la sociedad y a la Iglesia y uno de los signos proféticos más fuertes de nuestra consagración como Hermanos. En una sociedad como la que vivimos, con un altísimo nivel de deshumanización, dominada por los más fuertes, económica y culturalmente insolidaria, regida por relaciones mercantilistas y utilitaristas, que deja a su paso excluidos de todo tipo, los Hermanos, por vocación y por nombre, estamos llamados a “exagerar” la fraternidad cristiana. Ahí está el Hermano que a ejemplo de Cristo “primogénito entre muchos hermanos” (Rom 8,29) debe ser Hermano mayor de los jóvenes a quien educa, Hermano cercano de los adultos con quienes trabaja, Hermano acogedor con el pequeño y excluido de la sociedad.

Los votos religiosos vividos desde su vocación de Hermano “les hacen mas disponibles para encontrarse con los hombres y trabajar en favor de la paz, la justicia, la dignidad humana y el amor” (Constituciones 99)

 

Recordamos un estilo de vida. Relacionado con el punto anterior, el Hermano tiene un estilo de vida, de relaciones, de forma de ser, basado en la comunión fraterna, que debe impactar en medio de nuestra sociedad dominada por el interés individualista y el provecho personal. Nuestro último Capítulo General nos invitaba ante el debilitamiento de los tejidos comunitarios a todos los niveles: familiar, social… a la búsqueda de espacios comunitarios donde se vivan relaciones profundas, auténticas y atentas. El HSF, viviendo las “pequeñas virtudes nazarenas” es capaz de mostrar a los hombres que hay un modo nuevo de tratarse, de relacionarse unos con otros: la cercanía, la acogida, la ayuda reciproca, la escucha atenta, la generosidad, la amabilidad, la delicadeza… y todas las demás virtudes relacionales que expresan nuestro espíritu de familia, muestran un estilo de vida y de relaciones nuevos, para humanizar nuestros ambientes de vida y de trabajo. Si nuestro Fundador, el Hno. Gabriel nos decía que el “nombre de Hermano comunica sencillez, bondad y caridad” y que “no hay nada más dulce que el nombre de Hermano” (N.G. 6 y 7) debemos mostrar el estilo de vida y de relaciones que surge de vivir esas y las demás virtudes nazarenas.

 

Recordamos el valor y la fuerza de vivir en comunidad. Con mucha frecuencia nos tenemos que recordar entre nosotros que pertenecemos a una comunidad, porque es ésta precisamente la que nos permite crecer y madurar, vivir y realizar nuestro proyecto de vida. Cuando surge el individualismo y el sentido de pertenencia se debilita, necesitamos indicar a nuestro hermano que “la comunidad religiosa es el lugar donde se llega a ser hermano” que no es posible ser hermano sin comunidad, lo mismo que no es posible ser hijo, esposo o esposa, padre o madre, vividos plenamente, sin vida de familia. Necesitamos recordarnos continuamente que es Cristo el que nos congrega y que “antes de ser una construcción humana, la comunidad es un don del Espíritu”. Construir la comunidad de hermanos hasta el punto que los demás puedan decir “mirad cómo se aman” (Cf. Hechos, 4, 32-37) es nuestra principal misión apostólica y el mejor fruto que podemos entregar a esta sociedad marcada por tanto desamor.

 

La Iglesia nos recuerda que “la comunidad religiosa que alienta la perseverancia de su hermanos adquiere también la fuerza de signo de la perenne fidelidad de Dios y, por eso, de apoyo para la fe y para la fidelidad de los cristianos, inmersos en los avatares de este mundo, que parece conocer cada vez menos los caminos de la fidelidad “ (La vida fraterna en comunidad nº 57) Las personas que se relacionan con nosotros deben captar que estamos viviendo en comunidad no para organizarnos mejor y poder así ofrecerles unos servicios, sino principalmente para ayudarles a encontrar sentido a su vida y para que queden fascinados al ver lo que puede hacer la fuerza del amor en una comunidad cuando se crece juntos, se comparte la fe y la vida, se ora unidos, se participa de las alegrías y los sufrimientos, se tienen proyectos comunes… En una palabra, cuando se vive como Hermanos.

 

Para Metz el “recuerdo peligroso” de la fe no es anclaje en los tiempos pasados, ni pasividad y resignación en el presente, sino esperanza en un futuro mejor Este recuerdo desenmascara las falencias del mundo presente, por eso es peligroso, y crea e impulsa lo mejor que está por venir. “Es un recuerdo peligroso que acosa y pone en cuestión el presente porque recuerda un futuro aun no experimentado” dice Metz

 

Vivir con esta misma perspectiva dinámica y exigente la vocación de Hermano no permite mirar hacia atrás pensado falsamente que cualquier tiempo pasado fue mejor para vivir la vocación de hermano ni admite vivir el presente en un conformismo derrotista o placentero día a día, sino que nos impulsa a buscar y testimoniar los mejores valores humanos y cristianos de nuestra vocación fraterna.

 

Por eso, la vocación de Hermano, aunque no todos la comprendan, crea esperanza, es “profecía de futuro” no tanto por la palabra fuertemente pronunciada en espacios sacros o en ámbitos laicos de poder e influencia, sino con la existencia vivida y expresada en la permanente y profunda significatividad de lo cotidiano realizado con amor y amasado con la sabiduría y gracia de Nazaret.

H. Fernando Cob.

 

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